Pinceladas de sol vertidas en los campos del atardecer. Ligeros mantos ocres y ambarinos cubren mis jardines en esta tarde de Octubre. Octubre otra vez y yo sin ti.
Polvo dorado en el aire, como oro transitando libre junto a mis recuerdos que también se esparcen, como las hojas que se mecen acompasadas al son de tu ausencia abrasiva.
Distante, sugerida, aquella última sonrisa tuya, se me estampa y me fragmenta: Me abandonas; lo sabes sabiendo que yo no lo sé…te marchas con alevosía, cubierta con el escudo de la premeditación y mi ingenuidad tan evidente.
Tus ojos de mar me miran con el silencio inescrutable del que no sabe qué decir, del que no quiere mentir con palabras, del que sólo para salvarse prefiere callar.
Tú, con una sonrisa que no es tu sonrisa, caminas, te vas, te alejas, no regresas, me terminas terminantemente…
Es la huida silenciosa, oscuridad agazapada que de pronto brinca y me ahoga.
Son ya dos años y aún lo siento como ayer : el tiempo se me escurre pensando, pensando siempre en lo que fui, en lo que fuiste, en lo que fuimos y lo que no fue, en lo que ya no es y nunca será.
¡Si tan sólo supiera el por qué! Podría intentar comprender, aunque quizá tampoco serviría, porque saber no siempre es entender.
Villana no eres, los malos no existen.
Motivos son tuyos, tampoco te culpo. Sólo recrimino la forma, repito, alevosa en la que te desvaneciste.
Recreo el día, a principios de Octubre:
Un Octubre donde el frío comenzaba a coquetear, un Octubre como otros previos que nos bordeaba y recibíamos felices con espuma de capuchinos frente a la chimenea; y al volver a ése Octubre, (el último maldito octubre), te veo segura, mesurada y serena, diciéndome que pretendes ir al pueblo a ver a tu madre. Me veo a mi, ignorante, estúpido, obviando tu regreso, hasta entonces indefectible, natural.
- Voy a Bonanza, con mi madre. Me habló ayer pidiéndome que vaya, y sé que ir allá nunca te agrada. –
Mentiste, premeditada, descaradamente mentiste.
Qué valiente.
Valiente por atreverte a destrozarme, de la nada, sin indicios, previo aviso. Truncando de golpe, todo lo que daba por hecho. Todo lo que me hacías creer con tu impostada cercanía, con las palabras que nunca noté vacías.
Tu voz siempre era ese lugar paradisíaco que acariciaba el espacio que nos circundaba, nuestro espacio, el espacio que fraguamos juntos. El rincón donde tejimos nuestros sueños, donde bordamos esperanzas de continuos mañanas compartidos.
Nunca supe leer la falacia en tus caricias.
Quizá siempre haya sido una farsa. Quizá yo siempre he sido ciego.
Qué cobarde.
Eres cobarde por no decirlo, por no enfrentar. Por escapar sin encarar la realidad de tu corazón. No dar porqués.
Decirme adios sin decir, dejarme atrás. Cerrarme de la nada, amurallar las reales intenciones, accionando tus armas mudas, balas invisibles las que me acribillan sin piedad, son las dudas que me exaltan: ¿Qué hice? ¿O qué no hice? ¿Cambié yo o cambió ella? ¿Cambia el tiempo o el tiempo hace cambiar?
Cuestionamientos absurdos que no hallaran resolución. Gritos sin eco en mi vida y porvenir. Huellas que se quedan para atormentar.
Se que podría intentar espolvorearte con olvido. Emprender renovados vuelos, abrirme al mundo de lo incierto y dejar de una vez esta dejadez.
Se que podría blindar mi presente, sin cederle ya lugar a el pasado, el pasado al cual perteneces.
Pero no puedo. Saber no siempre es poder…
No puedo porque no quiero. Porque me aferro y me rebelo a la realidad tirana que me regalaste, ante la ansiedad que me lanzaste sin conmiseración, frente a los puntos suspensivos que quedaron pendiendo aquella tarde del adiós sin decir.
Todo es triste, yo soy triste.
Es triste tener frente a mis ojos, estas pinceladas de sol vertidas en los campos del atardecer y solo poder compartir el surrealista panorama con mis recuerdos y mis reclamos y mis preguntas y mis culpas que también se esparcen como las hojas que se mecen acompasadas al son de tu ausencia que me abraza, inclemente, anunciándose eterna…
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