Adoro leer.
Desde qué llegó a mis manos aquél viejo ejemplar de “Piwick Papers” del célebre Charles Dickens, la confianza del buen tío Pipe, se vió afectada, y la cosa más o menos transcurrió así:
Su actitud tutora, la atribución de guiar mi avidéz literaria e “imponerme”, - cómo maestro- , la lectura de dicho libro,( “Tienes que leerlo…!es soberbio, coño¡), junto con la advertencia resaltada de ” Cuídalo, me lo devuelves inmediatamente cómo concluyas la lectura.
Es un regalo.
El hijo del traductor me lo obsequió en el verano de 1968.
Además, los demás traductores hacen trascripciones casi literales y le restá humor inglés al escrito…”.
Aunado a la claúsula antes descrita, cabe aclarar que me dió el tomo II de dicha novela, qué en ésa edición venía fragmentada en 3 volúmenes.
-”El tomo I, no lo encuentro…pero son peripecias, mi Naty, es intrascendente, léelo, igual se entiende…”,- me susurraba al oido.
Yo era una adolescente tonta de 16 años, y , francamente la idea de leer un libro tan…tan…¿inglés?, empezando por el segundo tomo, era una idea tan aterradora, sólo semejante a la lectura obligada del Quijote de Cervántes en 3ro de primaria.
Fuí entonces, postergando la lectura del famoso “Piwick papers”, a decir verdad…
!¿a mi que diablos me interesaba el tal Samuel Piwick y sus papelitos?¡
Las primeras 15 páginas fueron un auténtico calvario, me aburría tanta descripción, me abrumaba tanta minucia en explicar minucias, tanto formalismo británico.
Todo eso acabó con mi paciencia, claudiqué, lo cerré y punto.
!Mi pena fué enorme¡
Me sentía una inepta a la que la ignorancia no le permite reconocer el valor de una joya de uno de los autores más célebres de la literatura universal.
Escondí mi ineficacia cómo lectora obediente de un tutor erudito con pretextos infantiles cómo éstos:
-” Sí, tío pipe, ya casi termino de beberme el libraco”
“uy¡…se me olvidó traerlo, he tenido mucha tarea en la escuela”
Llegó un día en el qué, exasperado y con la mirada brillosa de quien teme no volver a ver jamás a un ser querido, ( “¿le pasó algo al librillo?), el tío Pipe soltó a bocajarro:
- “Dame el libro cómo esté, roto manchado, deshojado…!sólo dámelo¡…no lo leas más escuincla de mierda, solo tráelo de vuelta coño¡…-
No se lo dí.
(miedosa, cobarde, ínfame)
Me porté cómo todos los rufianes que habían alejado a Pipe, - el difusor de la palabra, el dadivoso mensajero de la buena literatura- de sus entrañables, polvorientos y amados volúmenes.
!Me porté mal, muy muy mal¡
Tan atroz, cómo cuando yo misma prestaba libros y jamás les volvía a sentir en mis manos
!Maldita yo¡
Y todo por que en el verano, había decidido viajar a Chihuahua con algunos libros cuando lo más probable era que tuviera que usarlos cómo herramienta emergente ante el aburrimiento inminente en el que me vería inmersa entre primos y primas chiquitos y tíos grandotes, coplas de Barney y charlas triviales.
Un día , me decidí leer el libro ante tan desesperante plan vacacional, cuando de pronto, el infortunado libro, se volvió víctima no solo de mi desdeñosa lectura, sino de !las manos enchocolatadas de mi primo Julio¡:
El libro maldito, roto, deshojado y aderezado con un evocador aroma a cacao.
Horrorizada y reprimiendo mis instintos homicidas ante mi primo, guardé el libro y jamás lo devolví.
Jamás lo abrí en efecto.
Antes Pipe me había dado acogedora cabida en el paraiso.
Entré a su oscura e interesante morada y un fulgor infantil,- similar al del niño que vé sus juguetes en Navidad-, contemplé emocionada los estantes (interminables según mi imaginación) de aquella sala de estar, que cómo es lógico, contenían libros, libros y más libros:
“Naty…todos, todos los libros los puedes leer, dos condiciones:
de uno en uno y con una V de vuelta”
Y todo había marchado bien, lanzaba mi mirada hasta posarla en algún título que estoimulara mi interés, lo sacaba, el asentía, me lo llevaba, lo bebía, devolvía y asi rutinariamente, sin contrattiempos, sin quedarle mal…todo hasta ése maldito, maldito volumen 2 de “Piwick papers”.
!Y eso no es lo peor¡:
Pipe me concedió segunda oportunidad, resignado a la perdida de su libro, siguió cautelosamente, prestándome libros y bueno, todo fluyó hasta que me dijo:
“Tienes que leer a D.H Lawrence, por lo que comenzarás con “El amante de Lady Chatterley”
!Desgracia¡
No me atrapó:
Misma historia que su predecesor maldito.
“El amante de Lady Chatterley, yace roto y relegado en el cajón del tocador de la recamara de mi hermana menor.
Tengo 20 años y más de un año sin ver a mi adorado viejillo, más de 12 meses sin acceso al paraiso de letras, a su imponente sabiduría, a sus reflexiones, consejos y palmadas en la espalda en sincronía de una voz entrecortada, que al oido me decía:
“Acaricio la idea de que algún día seas literata…”